Resumen
La escala es lo que cuenta: 71 metros de la coronilla a los pies, 28 metros de ancho de hombros y uñas de los pies en las que cabe una persona de pie. Durante casi toda su vida la figura no estuvo a la intemperie: un pabellón de madera de trece pisos la cubrió hasta que las guerras mongolas lo quemaron, y desde entonces la piedra está al descubierto. El aire moderno ha hecho lo que trece siglos de lluvia no hicieron: el hollín y la lluvia ácida han ennegrecido el rostro y han comido la arenisca, y el Buda ha pasado por restauraciones sucesivas, la última en 2018 y 2019.
Descripción
La figura sentada está labrada directamente en el acantilado y mira hacia el encuentro de los tres ríos. Un sistema de drenaje oculto, tallado en la propia figura, ha ayudado a conservarla a lo largo de los siglos.
Historia y legado
La obra la empezó en el 713 el monje Haitong, que esperaba que la presencia del buda calmara las aguas traicioneras que destrozaban las embarcaciones en la confluencia; según la tradición, se arrancó los propios ojos para probar su sinceridad cuando la financiación peligró. Tras la muerte de Haitong el proyecto se estancó, y se terminó en el 803 con fondos del gobernador militar regional Wei Gao; en 1996 se inscribió como Patrimonio Mundial de la Unesco junto con el monte Emei.