Resumen

El recorrido permanente es en buena parte sensorial y digital —estaciones de olor, paisajes proyectados, películas de viticultores de veinte países— y la entrada incluye una copa de vino en el belvedere de la octava planta. Burdeos aparece como una región más, deliberadamente. Las curvas de aluminio y vidrio del edificio han dividido opiniones en una ciudad de piedra del siglo XVIII, y ese mismo trazo recorre por dentro las bóvedas de madera.

Lo más destacado

El belvedere, a 35 metros, da la vista más amplia del meandro y de la ciudad, y la degustación de allí va incluida. Hay que contar dos horas para el recorrido permanente; la audioguía funciona en ocho idiomas. Se combina con el bar de vinos y con la tienda, que tiene 800 vinos de 70 países.