Resumen
Marsella siempre ha sido puerto y cruce de caminos, con gente llegada de todo el Mediterráneo, y esa mezcla le da su energía y su cocina. La vida gira en torno al Puerto Viejo, el fondeadero que ancla la ciudad desde su fundación griega, ceñido por las colinas y el mar. Es una ciudad más ruda y más meridional que París, y sus recompensas son la luz, el marisco y la costa agreste que tiene a la puerta.
Lo más destacado
El Puerto Viejo se llena de barcas y puestos de mercado bajo la basílica de Notre-Dame de la Garde, que corona la ciudad y da la vista más amplia. El viejo barrio del Panier sube en callejones estrechos hasta el museo MuCEM, junto al mar, y la bullabesa es el plato que hay que buscar. Justo al sur, el Parque Nacional de las Calanques esconde calas turquesa entre acantilados blancos, a las que se llega en barca o a pie.