Resumen

El asentamiento lo fundaron miembros de la secta Taegeukdo y familias desplazadas por la guerra de Corea, y se trazó de manera que ninguna casa tapara la vista de otra, que es la razón por la que las terrazas se leen como se leen. La regeneración de 2009 trajo murales, esculturas y galerías, y con ellas dos millones de visitantes al año a una aldea de unos nueve mil residentes. Los carteles piden silencio y varios callejones están cerrados al público porque hay gente viviendo en ellos.

Lo más destacado

Conviene seguir el recorrido señalizado desde arriba y comprar el mapa de sellos, que financia los proyectos de la propia aldea. La fila para la estatua del Principito es lo único aquí que existe solo para una fotografía; las galerías y el museo del asentamiento aprovechan mejor una hora. Lo mejor es venir una mañana entre semana, y recordar que los callejones empinados son la entrada de casa de alguien.