Resumen
Wellington pidió a su zapatero que modificara la bota húsar —una bota militar hasta la rodilla y con borlas— para convertirla en algo más sencillo que funcionara bajo los pantalones estrechos que entonces se ponían de moda: se fueron las borlas, la caña se cortó más baja y recta, y el cuero se ciñó lo bastante a la pierna como para desaparecer bajo el pantalón. El resultado se llevó para montar y para la ciudad, y su popularidad siguió a la del duque después de Waterloo, que es la razón por la que el nombre se le quedó pegado a la modificación de un zapatero.
Cómo se lleva
La bota de cuero se calza sobre una media y se lleva bajo el pantalón, que es la disposición para la que fue cortada. La versión de goma se calza sobre cualquier cosa, se mantiene holgada para poder sacarla mojada y a menudo se lleva con el pantalón metido dentro, lo contrario que la original. Lo que las dos comparten es que no tienen cierre alguno: la bota se sostiene por la caña y sale tirando, que es lo que la hace rápida y lo que hace que una mal ajustada se quede en el barro.
Historia
El caucho vulcanizado cambió el objeto. Hiram Hutchinson compró a Charles Goodyear los derechos de patente para el calzado y empezó a fabricar botas de goma en Francia en 1853, y la firma británica que llegaría a ser Hunter siguió sus pasos; la Primera y la Segunda Guerra Mundial pusieron botas de goma sobre los soldados por millones y las mandaron a casa al uso agrícola y de jardín. El nombre viajó con la forma y no con el material, y «wellies» significa hoy la bota de goma para casi todo el que lo dice.