Resumen

El siglo georgiano termina con la ropa masculina británica conquistando Europa, y vale la pena nombrar el mecanismo: la aportación de Inglaterra no fue la exhibición cortesana, sino el paño y el corte. Mientras París marcaba la moda femenina, los sastres ingleses y la lana inglesa construyeron el abrigo liso y bien hecho que se convirtió en el traje moderno.

Prendas y estilo principales

El vestido femenino fue de la mantua a los amplios vestidos de tontillo lateral de la corte de mediados de siglo y al sacque con sus pliegues sueltos en la espalda, hasta el derrumbe de todo ello después de 1790 en el vestido neoclásico de talle alto en muselina blanca: uno de los cambios de silueta más rápidos y completos que se conocen.

El vestido formal masculino empezó el siglo bordado y de color. A los macaronis de las décadas de 1760 y 1770, jóvenes que volvían del Grand Tour con pelucas exageradas y sastrería continental, se los ridiculizó por ello, y lo importante es la reacción que vino después.

Beau Brummell convirtió la contención en el objetivo: abrigo oscuro y liso, ropa blanca impecable, cortada y ajustada a la perfección, con el esfuerzo concentrado donde no podía verse. Esa inversión —el estatus mostrado por el ajuste y el paño y no por el color y el adorno— es el fundamento del vestido masculino desde entonces, y explica por qué sobrevivió la sastrería y no el bordado.

Transición

Los victorianos tomaron el traje oscuro y lo hicieron universal, y devolvieron a las mujeres a los corsés y los tontillos.