Resumen

Cuando la realeza central se vino abajo, el vestido no. El faldellín de lino masculino y el vestido ajustado femenino continúan sin interrupción a lo largo del período; lo que cambia es quién los hacía y con qué nivel. Como los talleres reales de Menfis ya no marcaban la pauta para todos, los nomarcas provinciales pasaron a ser los mecenas, y sus artesanos locales trabajaron con convenciones propias.

Prendas y estilo principales

El guardarropa sigue siendo el del Imperio Antiguo: el faldellín shendyt para los hombres, envuelto y anudado por delante; una vaina estrecha de lino para las mujeres; collares anchos de cuentas y joyas de fayenza para marcar el rango. La diferencia está en la ejecución. La pintura de tumbas provincial de estos siglos es más audaz, más plana y de proporciones menos exactas que la obra menfita, algo que durante mucho tiempo se leyó como decadencia y que hoy se lee más bien como escuelas regionales que ya no copian un único modelo cortesano. Las maquetas funerarias de madera pintada de Asiut y de otros lugares son las pruebas más concretas del período: muestran filas de soldados, sirvientes y barqueros con faldellines lisos, y registran así la ropa de trabajo corriente en lugar de la figura idealizada de la élite.

El vestido se convirtió además en una forma de hablar del propio derrumbe. Las Admoniciones de Ipuur —un texto literario, probablemente compuesto más tarde y que mira hacia atrás— pintan el mundo del revés precisamente a través de la ropa: quienes no tenían nada, ahora con lino fino, y los antes ricos, con harapos. Valga lo que valga como historia, muestra que los egipcios entendían la tela como el índice más claro posible del orden social.

Transición

La reunificación del Imperio Medio restauró un único patrón cortesano y con él el tejido más fino y la proporción más exacta del Imperio Antiguo, aunque los talleres regionales que crecieron en el intervalo no desaparecieron sin más.