Resumen
Las conquistas de Alejandro convirtieron un conjunto de vestuarios de ciudad-Estado en la vestimenta de un mundo que iba del Adriático al Indo, y el efecto fue menos que la ropa griega cambiara que el que viajara. El mismo quitón y el mismo himatión tenían ahora que funcionar en Alejandría, en Antioquía y en Bactria, llevados por gente que era griega por educación y no por nacimiento, y vestir a la griega se convirtió en una manera de reclamar esa condición.
Prendas y estilo principales
Las prendas siguen siendo las que establecieron los períodos arcaico y clásico; lo que cambia es el manejo. La tela es más fina y más transparente, y el himatión se enrolla en disposiciones cada vez más elaboradas, ceñido alto bajo los brazos, echado sobre la cabeza, tensado a través del cuerpo para que el quitón se transparente. Las figurillas de Tanagra —pequeñas terracotas pintadas de mujeres de pie, exportadas por todo el Mediterráneo— son el mejor registro de esto, y muestran al manto haciendo casi todo el trabajo mientras la túnica de debajo apenas varía.
En los hombres, las prendas prácticas se extendieron con los ejércitos: la clámide y el petaso de ala ancha se convierten en el equipo del viajero y del soldado en todo el mundo helenístico. A los reyes los marca la diadema lisa de tela y no una prenda distintiva, una costumbre macedonia que sobrevivió a Macedonia.
Transición
La anexión romana no desplazó esta vestimenta, porque Roma llevaba generaciones absorbiéndola. El drapeado griego alimentó directamente la palla y el pallium romanos y, en el oriente de habla griega, el himatión continuó prácticamente sin interrupción hasta el uso romano y después el bizantino.