Resumen

La vestimenta azteca estaba regulada por ley, con detalle y con penas. Lo que alguien podía llevar lo fijaban el nacimiento y los hechos propios, y las reglas eran lo bastante precisas como para que un mexica leyera en la calle el rango, el oficio y la hoja de servicios militares de un desconocido: la ropa como registro público.

Prendas y estilo principales

Las prendas son las mesoamericanas de siempre: el taparrabos maxtlatl y la capa tilmatli, anudada al hombro, para los hombres; el huipil y una falda enrollada para las mujeres. La regulación está en el material y en el acabado. La gente común llevaba fibra de maguey y sus capas no podían pasar de la rodilla; el algodón, las capas largas, las sandalias dentro del recinto palaciego y ciertos adornos de labio, oreja y nariz quedaban reservados a los nobles.

Parte de ello podía ganarse. Los guerreros ascendían por grados marcados con trajes y diseños de capa distintivos que se concedían por los cautivos tomados, de modo que un hombre llevaba puesta su hoja de servicios.

El arte plumario era el arte de lujo, obra de los amantecas con plumas tropicales llegadas como tributo, y el quetzal quedaba reservado a los rangos más altos. Al norte corrían en paralelo otras tradiciones: los poblados misisipianos con gorgueras de concha y cobre, y las comunidades puebloanas que tejían algodón en telares verticales.

Transición

La llegada española quebró el sistema legal que hacía legible esta vestimenta, y el algodón, la lana y las formas españolas entraron en un vestuario cuyas reglas ya no tenían un Estado detrás.