Resumen

La América del Norte colonial se vestía según su origen y según el suministro. Cada potencia europea trasplantó su propia ropa, y cada colonia la adaptó después a lo que de verdad podía conseguir, lo que significó tela hilada en casa para la mayoría, galas importadas para unos pocos y un intercambio real con la vestimenta indígena que corrió en ambas direcciones.

Prendas y estilo principales

El vestuario europeo era calzón, chaleco y casaca para los hombres, y vestido con corsé para las mujeres, en lana y lino. La vestimenta puritana de Nueva Inglaterra tiraba a paño oscuro y liso por convicción, y las colonias legislaban contra la ostentación; los hacendados del sur importaban sedas y se hacían retratar con ellas. Entre esos polos, la mayoría de los colonos llevaba linsey-woolsey y otras telas hiladas en casa, y hilar y tejer eran trabajo doméstico corriente.

La vestimenta indígena absorbió materiales europeos sin volverse europea: paño de lana de comercio para polainas y mantas, cuentas de vidrio y cinta de seda incorporadas al abalorio y al aplique de cintas, que se convirtieron en tradiciones definitorias por derecho propio. El tráfico corrió también al revés: los colonos de la frontera adoptaron mocasines, polainas y camisas de caza porque funcionaban mejor que lo que habían traído.

A las personas esclavizadas se les entregaba tela basta por asignación, y lo que hicieron con ella, incluidos los pañuelos de cabeza, es una de las pocas áreas donde pueden recuperarse sus propias decisiones.

Transición

Las décadas revolucionarias convirtieron la tela sencilla del país en una declaración política, y la camisa de caza de la frontera pasó a ser un uniforme patriótico.