Resumen

Entre la unificación y la Segunda Guerra Mundial, Italia tenía la industria de la moda pero no la autoridad. La seda de Como, la lana de Biella y de Prato, los sombreros de paja de Toscana y una honda tradición de sastrería abastecían todos a un mercado cuyo gusto se fijaba en París, y el intento de cambiar eso se convirtió, en la década de 1930, en asunto de política de gobierno.

Prendas y estilo principales

El vestido de la élite siguió las líneas francesas todo el tiempo, con las casas italianas trabajando como fabricantes y copistas más que como creadoras.

El régimen fascista atacó esto por dos frentes. En la década de 1930 se creó en Turín un organismo oficial —más tarde el Ente Nazionale della Moda— para certificar y promover el diseño italiano, con normas que exigían una proporción de contenido italiano en las prendas vendidas como productos nacionales. Y la autarquía impulsó las fibras nacionales: el rayón de las plantas italianas y el lanital, una fibra hilada a partir de la caseína de la leche, desarrollada y producida en Italia y promovida con fuerza como sustituto patriótico de la lana importada.

Los resultados fueron desiguales y la fijación del gusto fracasó en buena medida, pero el aparato de desfiles, de certificación y de promoción industrial fue real, y también lo fue la base fabril que había detrás.

Transición

Después de 1945 esa base seguía en pie, y es sobre lo que se construyeron los desfiles de Florencia de 1951 y la industria milanesa del prêt-à-porter.