Resumen
Bajo el Imperio la toga dejó de ser ropa y se convirtió en traje. Creció tanto y se drapeaba de forma tan incómoda que hacía falta ayuda para ponérsela y no se podía trabajar con ella, así que se retiró a la ceremonia, a los tribunales y a la presencia del emperador, mientras la túnica hacía el trabajo real de vestir al mundo romano. Los emperadores legislaron para mantenerla en uso, que es lo que necesita una prenda cuando nadie quiere llevarla.
Prendas y estilo principales
La túnica fue la prenda universal, ceñida, llevada en capas cuando hacía frío y marcada con clavi, bandas verticales que corrían desde los hombros y cuyo ancho señalaba el rango. Las mujeres llevaban la estola sobre una túnica y la palla como manto en la calle, aunque también la estola se volvió arcaica y ceremonial. Desde el siglo II la dalmática, una túnica de mangas anchas que se metía por la cabeza, se extendió por el imperio y acabó desplazando por completo a las prendas drapeadas.
El color y la fibra hacían la señalización. La lana y el lino eran lo corriente; la seda llegaba por manos partas y después persas a un coste enorme, y los autores romanos moralizaron sobre ella sin descanso, con Séneca quejándose de que las prendas de seda no protegían ni el cuerpo ni el pudor. La púrpura del múrice era el tinte más caro del mundo y quedó restringida de forma progresiva al emperador.
Transición
Al disolverse el Imperio de Occidente, la túnica y la dalmática pasaron directamente al vestido altomedieval y bizantino, y la toga solo sobrevivió en las vestiduras consulares y en los ornamentos de la Iglesia.