Resumen

La suela se trenza con paja de arroz, más corta que el pie, de modo que los dedos y el talón sobresalen, y un cordón largo va de la presilla del dedo por cuatro a seis presillas a lo largo de los bordes. A diferencia del zori, que solo sujeta una tira, el waraji se ata al pie en el empeine y en el tobillo, así que no aletea y no puede perderse en el barro. Son baratos, rápidos de hacer con un subproducto de la cosecha y se gastan en unos pocos días de caminata dura.

Cómo se lleva

El cordón del dedo se agarra entre los dos primeros dedos y los cordones laterales se van tirando de forma alterna, se cruzan sobre el empeine y se atan por detrás del tobillo; una amarra apretada es la diferencia entre una sandalia y una ampolla. Los dedos que sobresalen son deliberados y dan agarre en una pendiente. Los viajeros llevaban repuestos colgados del hatillo, y los santuarios de las viejas calzadas todavía los venden como ofrenda votiva y no como calzado.

Historia

Las sandalias de paja son antiguas, pero el waraji pasa a ser el calzado habitual de viaje y militar en el período Kamakura, cuando los soldados de a pie y los peregrinos recorrían largas distancias por caminos sin pavimentar. El sistema de calzadas de Edo funcionaba con ellos, con puestos al borde del camino que vendían repuestos como una gasolinera vende combustible. Los tabi de suela de goma los desplazaron en el trabajo en el siglo XX, y lo que queda es ritual: la fiesta del fuego de Nachi, la peregrinación de montaña y los waraji gigantes colgados en las puertas de los templos.