Resumen

De 330 a 1453, Grecia formó parte del Imperio romano de Oriente, o bizantino, un imperio romano en el nombre y en el derecho y griego en la lengua y en la Iglesia. Desde el reinado de Heraclio, en el siglo VII, el griego fue la lengua oficial.

Hitos principales

La cristianización transformó el país: los viejos santuarios de Delfos y de Olimpia cerraron, el Partenón se convirtió en iglesia, y Justiniano clausuró la escuela de filosofía de Atenas en 529. Grecia pasó a ser una tierra de obispados y de monasterios: la república monástica del Monte Athos se fundó en el siglo X (Gran Lavra, 963), y Meteora más tarde; ambas siguen siendo centros monásticos vivos y sitios de la Unesco. Siguieron siglos oscuros: las migraciones eslavas llegaron a los Balcanes y a Grecia entre los siglos VI y VIII —su alcance se debate desde hace mucho— antes de la reconquista bizantina y la rehelenización, mientras las incursiones árabes costaron Creta en la década de 820 hasta que se recuperó en 961. En 1204, la Cuarta Cruzada tomó Constantinopla, y los señores francos y venecianos repartieron Grecia en los ducados de Atenas y de Acaya y en las islas venecianas. Los Estados sucesores bizantinos —Epiro y después Mistra— recuperaron partes, y Mistra, en el Peloponeso, llegó a ser una capital cultural del Bizancio tardío y hogar del filósofo Pletón.

Final y transición

El imperio, restaurado en 1261, fue menguando sin pausa, y la expansión otomana absorbió Grecia pedazo a pedazo a lo largo de los siglos XIV y XV. El 29 de mayo de 1453, Constantinopla cayó ante Mehmed II: el fin del Imperio romano tras dos milenios y la fecha traumática que define la memoria griega. Mistra cayó en 1460, y con ella terminó la Grecia continental. Según la valoración habitual, los eruditos que emigraron a Occidente llevaron el saber griego al Renacimiento.